domingo, 23 de abril de 2017

Revitalización del pensamiento de Bakunin

Los pensadores anarquistas, por lo general, resultan de mucho mayor actualidad y vitalidad que otras corrientes emancipatorias, como puede ser la marxista. Así, el pensamiento de alguien como Bakunin, aunque no todo, como es lógico en cualquier autor, ha resistido muy bien el paso del tiempo.

Hay que recordar, en primer lugar, que las ideas anarquistas está lejos de poseer una continuidad en el tiempo, de tal manera que el pensamiento de Kropotkin, posterior, no armonizará siempre bien con el de Bakunin. Kropotkin fue uno de los indudables padres del comunismo libertario, o al menos el que más aportó a esa corriente clásica del anarquismo. Bakunin, por el contrario, sentía una auténtica aversión por el término, hasta el punto de considerar que el comunismo constituía la "negación de la libertad". Bien es cierto que el gigante ruso identificaba exclusivamente el sistema comunista con la absorción de todos los poderes sociales en el Estado. Sin hablar de poder político, podemos decir que pensaba que comunismo era sinónimo de centralismo. Como es sabido, Bakunin se considera partidario del colectivismo, concepto paradójicamente rechazado por los herederos de Proudhon, que apostaban por el mutualismo. Vemos que las tres principales corrientes del anarquismo moderno, las que indudablemente deberíamos conocer en profundidad, precisamente para analizar la sociedad del siglo XXI y dilucidar qué es válido del rico corpus histórico libertario, no siempre concilian bien. Frente a cualquier sistema autoritario, proclive a un sistema cerrado, ortodoxo y monolítico, el anarquismo se compone de diversas aportaciones, es heterodoxo y abierto en su afán antiautoritario. En cualquier caso, volviendo al tema que nos ocupa, los estudiosos del anarquismo sí consideran que Bakunin constituye un punto de inflexión en la historia, hay un antes y un después de las ideas libertarias con este autor.

miércoles, 19 de abril de 2017

Eduardo de Guzmán

Recientemente, he tenido oportunidad de disfrutar de nuevo de la emotiva, y espeluznante a veces por los temas trágicos que trata, prosa periodística de Eduardo de Guzman: es el caso de su crónica del crimen de Estado de Casas Viejas y de algunos artículos sobre la guerra incivil, así como de las transformaciones revolucionarias llevadas a cabo de forma paralela al enfrentamiento con el fascismo.

Desgraciadamente, figuras como Eduardo de Guzmán no han tenido aún el reconocimiento que se merecen, por doble motivo, por su innegable talento y erudición, pero también por el compromiso con unas ideas revolucionarias que trajeran una sociedad verdaderamente justa y libre. La ignominia ha sido, con seguridad, doble; primero, por la victoria fascista y la consecuente represión, en segundo lugar, por el ninguneo durante la democracia, a pesar de la recuperación de algunos nombres progresistas, de integrantes de la izquierda más radical. Diremos, aunque no tendría que ser necesaria, que con el término radical aludimos a aquello que acude a la profundidad de los problemas sociales y propone cambios auténticos en busca de la sociedad deseada, en este caso libertaria. Para nada, el sentido político exclusivo que le quieren dar, tantas veces a nivel mediático, tenga fundamento o no, como sinónimo de extremista o penosamente intransigente.La ignorancia histórica, mezclada muy probablemente con el analfabetismo político, muy hábilmente promovidos por nuestra gloriosa transición democrática, ha conducido a que las nuevas, y no tan nuevas, generaciones observen la ya lejana guerra como una mera tragedia entre españoles sin profundidad alguna en sus causas.

domingo, 9 de abril de 2017

Anarquismo, nacionalismo y cuestión social


La Modernidad pudo haber sido un mero enfrentamiento, tensión, entre dos formas de dominación: nacionalismo e imperialismo. Pudo no haber existido ningún sistema y pensamiento que cuestionara, verdaderamente, la dominación, pero no fue así. Existe el anarquismo.

El nacionalismo se llena la boca de libertad e independencia, pero sabemos que detrás de él no se encuentra la verdadera emancipación, acaba minimizando o anulando la cuestión social al poner por delante la identidad nacional. Por supuesto, no hay que confundir nacionalismo con un vínculo comunitario, basado en ciertos factores comunes, aunque sin llegar a crear una identidad colectiva de lo más cuestionable. Sabemos que ese lazo social es importante, ya que genera importantes dosis de solidaridad y de pertenencia. No obstante, nada que ver dicho sentimiento, que tiene un desarrollo más bien natural, con el apego dogmático a una instancia que podemos considerar abstracta como es la nación, que genera enfrentamiento entre los seres humanos. Por mucho que compartamos ese amor a la tierra, y unas características comunes como puede ser la lengua, desde el anarquismo se nos antoja más bien minúscula, o directamente ninguna, la importancia que se le pueda dar al sustrato del nacionalismo: la identidad colectiva. Una cosa es que haya podido simpatizarse, e incluso compartir su lucha, con ciertos pueblos oprimidos por algún tipo de imperialismo. Otra, muy diferente, y aquí la distancia es ya insalvable para cualquier anarquista, es que esa lucha acabe teniendo aspiraciones de convertirse en una nueva forma de dominación: la nación-Estado.

martes, 4 de abril de 2017

La noción de justicia en Proudhon

Proudhon es un pensador anti-teológico, pero tal vez no exactamente ateo; su obsesión por la divinidad, paralela a la profunda crítica que realizaba a dicho concepto, no le conduce a derrocarla y colocar a la humanidad en su lugar (como hacen Comte o Feuerbach).

Lo que Proudhon realiza, algo por lo que hay quien ha querido ver en el francés una actitud religiosa (el metafísico o el trascendente muy libre es de llevar las cosas a su terreno, pero ello no es garantía de nada), es fijar su pensamiento en el concepto de justicia. Proudhon desea una justicia que exista por sí misma, que se demuestre a la conciencia y que no se apoye en Dios ni en ningún otro factor extraño que suponga un obstáculo. La justicia sería "el sentimiento de nuestra dignidad en el prójimo, y recíprocamente de la dignidad del prójimo en nuestra propia persona", una especie de respeto a la dignidad humana, espontáneo y recíproco, que se manifiesta en cualquier circunstancia. Proudhon insiste en el principio de igualdad, en el equilibrio, como algo inmanente a la condición humana (la más alta de las facultades). El francés considera su idea de la justicia como una teoría eminentemente realista, el foco de su crítica va dirigido a los juristas que habrían convertido la justicia en un ideal o una mera abstracción. A pesar de la confianza excesiva en la naturaleza humana, Proudhon no considera la justicia como una simple facultad o una realidad subjetiva, siendo la cosa más compleja, y haciendo a veces equilibrios para no caer en la trascendencia (todo hay que decirlo) al considerarla "principio y forma del pensamiento, garantía del juicio, regla de la conducta, objeto del saber y fin de la existencia...". Como en todo el pensamiento de Proudhon, hay una tensión permanente en su idea de justicia, un equilibrio entre polos antagónicos: egoísmo y amor. El concepto, sobresaliente en la condición humana, quedaría más elevado que la inteligencia, el amor o la libertad. Porque la justicia "es más grande que el yo", no se puede definir plenamente en relación a la existencia individual y necesita la reciprocidad.

jueves, 30 de marzo de 2017

Estructuralismo, postestructuralismo y anarquismo

Por su importancia para el anarquismo, recordamos diferentes corrientes de pensamiento; el estructuralismo, que vivió su auge en los años 50 y 60 del siglo XX, y el postestructuralismo, nacido en gran medida a partir de Mayo del 68, que resulta primordial para comprender la sociedad posmoderna.

El estructuralismo se gestó en los años 50, con autores como Claude Levi-Strauss, alcanzando su apogeo a mediados de los años 65. Hay quien considera que su declive comienza en 1968, con un acontecimiento del calibre de Mayo del 68, algo en lo que incidiremos posteriormente. ¿Qué es lo que sostiene el estructuralismo? Dicho de un modo extremadamente simple, el estructuralismo vendría a decir que hay que ocuparse de la manera en que una estructura se haya configurada. Así, se deja a un lado la historia, el porqué hemos llegado a esa situación y se dedica a estudiar la relación entre los diversos elementos. Otro factor que se deja a un lado es la subjetividad, que resulta tan importante por ejemplo para la fenomenología, ya que sería el elemento constituyente de la experiencia del sujeto. Según la fenomenología, solo hay que liberar la conciencia del individuo de todo aquello que la oprime y la distorsiona, para que el sujeto consciente se convierta en constituyente. El estructuralismo, por el contrario, considera que tanto el sujeto como la conciencia no son constituyentes, sino que están constituidos (por la lengua, las estructuras, la cultura, el inconsciente…). El estructuralismo, por lo tanto, se erige en crítico del sujeto de la modernidad (caracterizado por una conciencia transparente y por erigirse en constituyente), incluso pretende eliminarlo. Si bien el estructuralismo cuestiona este sujeto autónomo de la modernidad, sí participa en algunos presupuestos de la misma, como es la confianza en una razón fundamentalmente científica, en la creencia en cierto esencialismo (pensar que hay una naturaleza humana) y en la búsqueda de universales. Resumiendo, diremos que la metáfora más adecuada para el estructuralismo sería la de un investigador, que se esfuerza por indagar qué está detrás de la experiencia, de los hechos, de lo que se observa, para encontrar la verdad.

sábado, 25 de marzo de 2017

Anarquismo: educación, cultura y emancipación social

Desde sus orígenes, el movimiento anarquista ha profesado un amor apasionado por la cultura y la educación; no nos referimos únicamente a las manifestaciones culturales específicas dentro del anarquismo, sino a la cultura y el conocimiento de un modo amplio y liberador.

El sociólogo Christian Ferrer, en su notable obra sobre el movimiento anarquista, afirma que está poco rastreada la influencia que ha tenido sobre los intelectuales y los diferentes grupos sociales de carácter progresista y de vanguardia, a lo largo del siglo XX. De lo que no cabe ninguna duda, es de que el anarquismo ha sido y es una parte primordial del sustrato cultural, ético, político y existencia de los movimientos sociales. Esto es así por varios motivos, que merece la pena analizar. Tal como nos dice Paco Madrid, y como pensamos que se sostiene de manera generalizada por los anarquistas, la propia condición libertaria, que obligaba a prefigurar una sociedad futura sin explotación ni opresión, ayudó a configurar esa asombrosa fortaleza cultural. Solo hay que observar la innumerable cantidad de publicaciones, libros y folletos que publicaron los anarquistas, y que continúan haciendo en la actualidad ayudados por las nuevas tecnologías, ya que consideran que es la mejor herramienta de propagación de las ideas. La prensa anarquista fue innovadora, a pesar de sus lógicas limitaciones, ya que constituía una plataforma de discusión abierta a cualquiera. No hablamos, seguramente, de un gran nivel cultural expresado en crónicas, artículos y formas literarias todo tipo, pero sí de una encomiable energía y espontaneidad, no exentas de cierta belleza, que se daba por lo general en la prensa ácrata. Las publicaciones libertarias, a pesar de contar con un equipo de redacción más o menos fijo, tienen esa condición abierta y colectiva, que le otorgaba una indudable solidez superando cualquier obstáculo al contar con la colaboración de todos.

lunes, 20 de marzo de 2017

Palabras de un rebelde

LaMalatesta Editorial presenta una nueva edición de Palabras de un rebelde, de Piotr Kropotkin, una serie de textos de este gran pensador anarquista, que nos ayuda a comprender cómo se conformó y asentó el pensamiento anarquista clásico.

Esta obra recopila los artículos que Kropotkin escribió entre 1879 y 1882, en el periódico Le Révolté. El gran pensador anarquista, fiel a su método científico, describe los males de la sociedad y la descomposición de los Estados para exponer a continuación las ideas libertarias y la alternativa que suponen. Kropotkin, al menos en el momento de escribir estos textos de Palabras de un rebelde, tenía gran confianza en el advenimiento de una gran revolución. Esta, entendida como un gran acontecimiento que rompiera de forma brusca el desarrollo de la historia, no solo podría acabar con la explotación económica, también sacudiría la desidia intelectual y moral para instaurar una innovadora y enérgica situación. Como es sabido, Kropotkin fue un gran estudioso del papel histórico de los Estados, por lo que sus conclusiones pasaban por haber agotado aquellos sus atribuciones en la civilización humana y debían, por lo tanto, ceder su sitios a nuevas organizaciones basadas en nuevos principios igualitarios. La revolución en la que creía Kropotkin no tendría precedentes, tratando con ello de acallar a los más pesimistas, ya que su principal rasgo sería un carácter general que envuelva a todos los oprimidos, de todos los países, de forma solidaria.